Un tango puede escribirse con un dedo, pero con el alma; un tango es la intimidad que se esconde y es el grito que se levanta desnudo.
Enrique Santos Discépolo
27 de marzo de 1901 - 23 de diciembre de 1951
Discepolín
Sobre el mármol helado, migas de medialuna y una mujer absurda que come en un rincón … Tu musa está sangrando y ella se desayuna … el alba no perdona ni tiene corazón. Al fin, ¿quién es culpable de la vida grotesca y del alma manchada con sangre de carmín? Mejor es que salgamos antes de que amanezca, antes de que lloremos, ¡viejo Discepolín!…
Conozco de tu largo aburrimiento y comprendo lo que cuesta ser feliz, y al son de cada tango te presiento con tu talento enorme y tu nariz; con tu lágrima amarga y escondida, con tu careta pálida de clown, y con esa sonrisa entristecida que florece en verso y en canción.
La gente se te arrima con su montón de penas y tú las acaricias casi con un temblor… Te duele como propia la cicatriz ajena: aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor. La pista se ha poblado al ruido de la orquesta se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín… ¿No ves que están bailando? ¿No ves que están de fiesta? Vamos, que todo duele, viejo Discepolín…
Enrique Santos Discépolo (…) le brindó al tango una visión desesperanzada, escéptica, lo hizo reflexivo y metafísico, estableció parámetros éticos que reflejaban desde los más recónditos dolores personales hasta la realidad de una situación sociopolítica regida por la ausencia moral. El mismo definió su labor: ‘Un tango -dijo- puede escribirse con un dedo, pero con el alma; un tango es la intimidad que se esconde y es el grito que se levanta desnudo’. Y agregó: ‘El origen del tango es siempre la calle, por eso voy por la ciudad tratando de entrar en su alma, imaginando en mi sensibilidad lo que ese hombre o esa muchacha que pasan quisieran escuchar, lo que cantarían en su momento feliz o doloroso de sus vidas’, para subrayar en otra oportunidad: ‘El personaje de mis tangos es Buenos Aires, la ciudad. Alguna sensibilidad y un poco de observación han dado la materia de todas mis letras’.
Con aires de payador Entro en su casa, señora, Con la guitarra cantora Templada por mi fervor. Cada clavija una flor Y cada cuerda cantora Una pulsación sonora Que restalla con amor Para vibrar en su honor, Mi dignísima señora.
II No se acostumbra actualmente Este estilo de canción. Se fue con la tradición El payador elocuente. Pero siento de repente Que en esta noble ocasión Debo hacer una excepción Para cantar gentilmente Mis décimas oferentes Que dedico a Eva Perón.
III Mas debo con su licencia O tal vez con su perdón Reandar la improvisación Y borrar mi inexperiencia. Cegado por la impaciencia Cometí la incorrección De hacer la salutación Olvidando en mi imprudencia De festejar la presencia Del general Juan perón.
IV Él es el verbo mayor Y usted la mayor templanza: Él es la punta de lanza Y usted la punta de amor. Él es grito de honor Que hasta el deber nos alcanza Y usted la mano que amansa Cuando castiga el dolor. Él es el gran sembrador Y usted la gran esperanza.
V Él es el gran constructor De la patria liberada Y usted la descamisada Que se juega con valor. Los dos, uncidos de amor Son vanguardia en la cruzada. Las masas emocionadas Al brillo de ese fervor Han jurado con honor Morir en esa patriada.
VI En estilo payador Canté en su casa, señora, Con la guitarra sonora Templada para su honor. Perdóneme si al favor De su mano acogedora Mi pobre musa cantora No supo cantar mejor Al estallar con amor En esta casa, señora.
Homero Manzi
Eva
I
Calle Florida, túnel de flores podridas. Y el pobrerío se quedó sin madre llorando entre faroles sin crespones. Llorando en cueros, para siempre, solos. Sombríos machos de corbata negra sufrían rencorosos por decreto y el órgano por Radio del Estado hizo durar a Dios un mes o dos. Buenos Aires de niebla y de silencio. El Barrio Norte tras las celosías encargaba a París rayos de sol. La cola interminable para verla y los que maldecían por si acaso no vayan esos cabecitas negras a bienaventurar a una cualquiera.
Flores podridas para Cleopatra. Y los grasitas con el corazón rajado, rajado en serio. Huérfanos. Silencio. Calles de invierno donde nadie pregona El Líder, Democracia, La Razón. Y Antonio Tormo calla “amémonos”. Un vendaval de luto obligatorio. Escarapelas con coágulos negros. El siglo nunca vio muerte más muerte. Pobrecitos rubíes, esmeraldas, visones ofrendados por el pueblo, sandalias de oro, sedas virreinales, vacías, arrumbadas en la noche. Y el odio entre paréntesis, rumiando venganza en sótanos y con picana.
Y el amor y el dolor que eran de veras gimiendo en el cordón de la vereda. Lágrimas enjuagadas con harapos, Madrecita de los Desamparados. Silencio, que hasta el tango se murió. Orden de arriba y lágrimas de abajo. En plena juventud. No somos nada. No somos nada más que un gran castigo. Se pintó la República de negro mientras te maquillaban y enlodaban. En los altares populares, santa. Hiena de hielo para los gorilas pero eso sí, solísima en la muerte. Y el pueblo que lloraba para siempre sin prever tu atroz peregrinaje. Con mis ojos la vi, no me vendieron esta leyenda, ni me la robaron.
Días de julio del 52 ¿Qué importa dónde estaba yo?
II
No descanses en paz, alza los brazos, no para el día del renunciamiento sino para juntarte a las mujeres con tu bandera redentora lavada en pólvora, resucitando.
No sé quién fuiste, pero te jugaste. Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo, metiste a las mujeres en la historia de prepo, arrebatando los micrófonos, repartiendo venganzas y limosnas. Bruta como un diamante en un chiquero ¿Quién va a tirarte la última piedra?
Quizás un día nos juntemos para invocar tu insólito coraje. Todas, las contreras, las idólatras, las madres incesantes, las rameras, las que te amaron, las que te maldijeron, las que obedientes tiran hijos a la basura de la guerra, todas las que ahora en el mundo fraternizan sublevándose contra la aniquilación. Cuando los buitres te dejen tranquila y huyas de las estampas y el ultraje empezaremos a saber quién fuiste. Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva, única reina que tuvimos, loca que arrebató el poder a los soldados. Cuando juntas las reas y las monjas y las violadas en los teleteatros y las que callan pero no consienten arrebatemos la liberación para no naufragar en espejitos ni bañarnos para los ejecutivos. Cuando hagamos escándalo y justicia el tiempo habrá pasado en limpio tu prepotencia y tu martirio, hermana. Tener agallas, como vos tuviste, fanática, leal, desenfrenada en el candor de la beneficencia pero la única que se dio el lujo de coronarse por los sumergidos. Agallas para hacer de nuevo el mundo. Tener agallas para gritar basta aunque nos amordacen con cañones.
María Elena Walsh
En la muerte de Eva Perón
Hoy que entre paños funerarios llega la noche al sol, la soledad al día, y de rodillas la melancolía toda mi patria en lágrimas anega; mientras, rota su alma, el pueblo ruega por quien fue la mitad de su alegría y en túmulos de flores aún porfía en negarla a la muerte dura y ciega; ¡canta, corazón mío, sobre el llanto y haz del quebranto sangre de mi pluma tú que entre tantos la quisiste tanto; cercena tu dolor, calla tu queja, que ya la luna tramontó y hoy suma su resplandor al sol con que nos deja!
José María Castiñeira de Dios
Serenata de la muerte de Eva
Toquen suave, muchachos, ¡porque se siente enferma! Tiene la frente pálida, y hoy ha tenido fiebre. Se desgajó en la lucha. Miró al azul su flecha y estuvo en la contienda del amor, con su gente. Toquen suave muchachos… que esta noche la velan con su oración de siglos, con su oración de siempre, los duendes de los sueños que habitaron la tierra, y hoy es noche en que todo se ha llenado de duendes.
¡Toquen suave, muchachos! No se olviden que duerme, se han callado los astros y el reloj no nos miente: las ocho y veinticinco de la cita en horario, la viajera ha venido, la historia se detiene
¡Toquen suave, muchachos! La serenata tiembla frente al balcón en alto donde la hermana duerme. Tiene un suspiro tenue que se anuda en la trenza. Le dice adiós un pájaro. Juan la besa en la frente. Toquen suave, muchachos, que el silencio nos duela, cómo duelen las cosas que se van y no vuelven. Pero Ella vuelve siempre, y ha de volver inmensa cuando Juan, una tarde de mayo, nos regrese…
¡Toquen suave, muchachos! No se olviden que duerme. Se han callado los astros.
La vida se detiene.
Cátulo Castillo
La descamisada
Soy la mujer argentina, la que nunca se doblega, y la que siempre se juega por Evita y por Perón.
Yo soy la descamisada, a la que al fin se le escucha, la que trabaja y que lucha para el bien de la Nación.
La que mañana en las urnas hará valer sus ideales, para que sigan triunfales las obras del General.
Yo soy la descamisada surgida del peronismo, que ostenta el Justicialismo como emblema nacional.
Soy la mujer argentina, que el 17 de octubre, la que de orgullo se cubre porque es grande mi Nación.
Yo soy la descamisada, que si es necesario un día, hasta la vida daría por Evita y por Perón.
Feliz de vos, Homero Manzi, que te fuiste a tiempo, cuando aún era posible escribir esas canciones de [trenzas y almacenes, cuando todavía los espíritus no estaban resecados, por la ferocidad y la violencia.
Ya no hay novias detrás de las persianas, esperando al gringo y su monito. Ya murió el último organito y el alma del suburbio se quedó sin voz.
Ernesto Sabato
Un 3 de mayo de 1951 fallecía el genial Homero Manzi, considerado el poeta del tango. Su nombre era Homero Nicolás Manzione y había nacido en Añatuya, Santiago del Estero el 1º de noviembre de 1907.
A los siete años ya se encontraba en Buenos Aires, específicamente en el barrio de Pompeya. Julio Nudler señala que
Cada elemento de aquel paisaje -desde el largo paredón que recorría camino de la escuela hasta el terraplén del ferrocarril, en una mágica reunión de ciudad y pampa- quedará capturado en algunas de sus letras posteriores, como la de "Barrio de tango" (de 1942) y la de "Sur".
Horacio Salas afirma que "Manzi fue el primero en convertir las palabras de los tangos en poesías" . Y agrega:
En sus versos quedaron retratadas nostálgicas postales de barrio: las casas bajas de rejas con zarcillos de enamorada del muro pegados a las paredes sin revoque, personajes entrevistos o intuidos desde las ventanas del colegio de Pompeya en que estuvo pupilo algunos años; los recuerdos -muchas veces ajenos- de los últimos guapos. En otras palabras, el paraíso perdido de la infancia, una ciudad lejana en la que se fantasea que los días eran mejores.
Lo señalado por Salas puede verse con total claridad y belleza en uno de los tangos que señala Nudler: Barrio de tango que dice,
Un pedazo de barrio, allá en Pompeya, durmiéndose al costado del terraplén. Un farol balanceando en la barrera y el misterio de adiós que siembra el tren. Un ladrido de perros a la luna. El amor escondido en un portón. Y los sapos redoblando en la laguna y a lo lejos la voz del bandoneón.
Barrio de tango, luna y misterio, calles lejanas, ¡cómo estarán! Viejos amigos que hoy ni recuerdo, ¡qué se habrán hecho, dónde estarán! Barrio de tango, qué fue de aquella, Juana, la rubia, que tanto amé. ¡Sabrá que sufro, pensando en ella, desde la tarde que la dejé! Barrio de tango, luna y misterio, ¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!
Un coro de silbidos allá en la esquina. El codillo llenando el almacén. Y el dramón de la pálida vecina que ya nunca salió a mirar el tren. Así evoco tus noches, barrio 'e tango, con las chatas entrando al corralón y la luna chapaleando sobre el fango y a lo lejos la voz del bandoneón.
Sur, de 1948 es el otro tango mencionado por Nudler y del que dice que “probablemente sea la obra suprema del género en aquella esplendorosa década“.
Salas afirma que en este tango “aparece la amplitud del suburbio donde se intuía la proximidad de la pampa”.
San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo, Pompeya y, más allá, la inundación, tu melena de novia en el recuerdo, y tu nombre flotando en el adiós… La esquina del herrero barro y pampa, tu casa, tu vereda y el zanjón y un perfume de yuyos y de alfalfa que me llena de nuevo el corazón.
Sur… paredón y después… Sur… una luz de almacén… Ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera y esperándote, ya nunca alumbraré con las estrellas nuestra marcha sin querellas por las noches de Pompeya. Las calles y las lunas suburbanas y mi amor en tu ventana todo ha muerto, ya lo sé.
San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido, Pompeya y, al llegar al terraplén, tus veinte años temblando de cariño bajo el beso que entonces te robé. Nostalgia de las cosas que han pasado, arena que la vida se llevó, pesadumbre del barrio que ha cambiado y amargura del sueño que murió.
Sur… paredón y después… Sur… una luz de almacén…
Otro de sus tangos más populares es Malena. Este tango fue estrenado en 1942 por la orquesta de Aníbal Troilo y la voz de Francisco Fiorentino.
Según Salas, Manzi inaugura con este tango “el tono metafórico de una línea poética en la que se inscribirían Cátulo Castillo, Homero Expósito y Horacio Ferrer”.
Salas dice que es a partir de la tercer línea del poema cuando comienza a acumularse una serie de imágenes de altísimo contenido poético.
Malena canta el tango como ninguna y en cada verso pone su corazón. A yuyo del suburbio su voz perfuma, Malena tiene pena de bandoneón. Tal vez allá en la infancia su voz de alondra tomó ese tono oscuro de callejón, o acaso aquel romance que sólo nombra cuando se pone triste con el alcohol. Malena canta el tango con voz de sombra, Malena tiene pena de bandoneón.
Tu canción tiene el frío del último encuentro. Tu canción se hace amarga en la sal del recuerdo. Yo no sé si tu voz es la flor de una pena, só1o sé que al rumor de tus tangos, Malena, te siento más buena, más buena que yo.
Tus ojos son oscuros como el olvido, tus labios apretados como el rencor, tus manos dos palomas que sienten frío, tus venas tienen sangre de bandoneón. Tus tangos son criaturas abandonadas que cruzan sobre el barro del callejón, cuando todas las puertas están cerradas y ladran los fantasmas de la canción. Malena canta el tango con voz quebrada, Malena tiene pena de bandoneón.
Nudler hace referencia, además, a la jerarquización que hizo Manzi de la milonga. Una de ellas es Milonga Sentimental.
Milonga pa’ recordarte, milonga sentimental. Otros se quejan llorando, yo canto por no llorar. Tu amor se secó de golpe, nunca dijiste por qué. Yo me consuelo pensando que fue traición de mujer.
Varón, pa’ quererte mucho, varón, pa’ desearte el bien, varón, pa’ olvidar agravios porque ya te perdoné. Tal vez no lo sepas nunca, tal vez no lo puedas creer, ¡tal vez te provoque risa verme tirao a tus pies!
Es fácil pegar un tajo pa’ cobrar una traición, o jugar en una daga la suerte de una pasión. Pero no es fácil cortarse los tientos de un metejón, cuando están bien amarrados al palo del corazón.
Milonga que hizo tu ausencia. Milonga de evocación. Milonga para que nunca la canten en tu balcón. Pa’ que vuelvas con la noche y te vayas con el sol. Pa’ decirte que sí a veces o pa’ gritarte que no.
Y también señala Nudler:
Otra vertiente particular en la obra de Manzi fue su mimetización con la fiebre romántica que contrajo el tango en los años ’40, tendencia a la que legó piezas de extraordinario valor, como “Fruta Amarga”, “Torrente”, “Después”, “Ninguna” o “Fuimos”. En este último, escrito con el inspiradísimo bandoneonista José Dames, Manzi construye un poema de imágenes enormemente audaces (“Fui como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida…”) para una canción popular, y, de hecho, “Fuimos” cautivó al público y a los intérpretes, quedando instalado como un paradigma del tango elaborado y estéticamente ambicioso.
En Fuimos el poeta dice:
Fui como una lluvia de cenizas y fatigas en las horas resignadas de tu vida… Gota de vinagre derramada, fatalmente derramada, sobre todas tus heridas. Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve rosa marchitada por la nube que no llueve. Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza que no puede vislumbrar su tarde mansa. Fuimos el viajero que no implora, que no reza, que no llora, que se echó a morir.
¡Vete…! ¿No comprendes que te estás matando? ¿No comprendes que te estoy llamando? ¡Vete…! No me beses que te estoy llorando ¡Y quisiera no llorarte más! ¿No ves?, es mejor que mi dolor quede tirado con tu amor librado de mi amor final ¡Vete!, ¿No comprendes que te estoy salvando? ¿No comprendes que te estoy amando? ¡No me sigas, ni me llames, ni me beses ni me llores, ni me quieras más!
Fuimos abrazados a la angustia de un presagio por la noche de un camino sin salidas, pálidos despojos de un naufragio sacudidos por las olas del amor y de la vida. Fuimos empujados en un viento desolado… sombras de una sombra que tornaba del pasado. Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza, que no puede vislumbrar su tarde mansa. Fuimos el viajero que no implora, que no reza, que no llora, que se echó a morir.
Manzi se dedicó también al cine. Fue libretista y director cinematográfico. Las dos películas que dirigió fueron Pobre mi madre querida (1848) y El último payador (1950). Además escribió guiones, adaptó textos y realizó la música de algunos filmes.
Homero Manzi no sólo fue poeta, fue también militante comprometido, fue forjista.
El 6 de septiembre de 1930 se produjo el nefasto golpe militar que derrocó al presidente democrático y popular Hipólito Yrigoyen. Homero Manzi era delegado estudiantil de Derecho ante la Federación Universitaria de Buenos Aires. Horacio Salas cuenta que los estudiantes, como muestra de repudio al golpe, decidieron tomar la facultad y fue Manzi quien tomó el edificio a punta de pistola. Por ese hecho fue expulsado de la facultad junto a otros correligionarios, entre ellos Arturo Jauretche.
En 1935 Homero Manzi, Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo, Luis Dellepiane, Manuel Ortiz Pereyra y Juan B. Fleitas fundaron FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina)
En una oportunidad Jauretche manifestó:
Mucho de mi yrigoyenismo se lo debo a Manzi…Yo era nuevo en el yrigoyenismo. El era antes que yo, yrigoyenista. El me dio una de las explicaciones más orgánicas, tal vez más poéticas del caudillo…Sí, posiblemente es el aporte que más contribuyó a consolidar mi yrigoyenismo, que había sido el producto de una evolución puramente intelectual en el primer tiempo. Yo no llegué a Yrigoyen por Yrigoyen sino por la comprensión de lo popular. Yrigoyen, para mí, era válido como expresión de populismo. Le debo a Homero la comprobación, del valor de Yrigoyen por Yrigoyen mismo… En realidad yo soy un populista. Frente al fracaso de las ideologías, constante en América, cosa que empecé a percibir con el fenómeno mexicano, empecé a comprender la significación de los caudillos…Era subsidiariamente yrigoyenista. Primero populista, luego yrigoyenista. Les debo a otros, pero en especial, a Homero Manzi, la comprensión del caudillo, del individuo Hipólito Yrigoyen y lo que significó…Manzi estaba muy madurado, maduró temprano”
El 2 de septiembre de 1935, presentaron el primer documento de FORJA cuyo lema decía: “Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre“.
Hacia 1947 adhiere al peronismo al ver que el proyecto coincidía con los ideales forjistas y afirma:
Perón es el reconductor de la obra inconclusa de Yrigoyen. Mientras siga siendo así, nosotros continuaremos creyéndole, seremos solidarios con la causa de su revolución que es esencialmente nuestra propia causa. Nosotros no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios.
Homero Manzi presidió SADAIC entre 1949 y 1951 año en el que murió muy joven, a los 43 años, víctima de un cáncer.
Cátulo Castillo era el vicepresidente de SADAIC y fue quien lo despidió diciendo:
Nos engañaba a todos, sin engañarse él mismo, que presintió el final con esa misma angustia con que se presienten los versos que a veces no se escriben. Y su verso final es todo esto que sin estar, está. Que lo recuerda, que lo lleva y lo trae, que lo exalta, que lo agranda y lo borra y lo redime, angustiando esta sorda impotencia de persistir llorando su temprana partida. Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros. Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno. Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche –en el pescante- contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra. Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi- y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño. Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro